En días recientes logré culminar otra etapa más en mi vida. Logré titularme en la Universidad con el grado de Maestro en Ingeniería; contra todas mis expectativas no salí tan mal parado en la replica oral de mi trabajo de tesis, e incluso recibí una mención honorífica y fui nominado a recibir la medalla Antonio Caso, la cual - sinceramente -, no creo ganar ni remotamente.
Una vez pasada la euforia inicial caí en la cuenta de mi realidad: he pasado a formar parte del grupo de los 7… Los 7 millones de desempleados que existen actualmente en México (¿o ya son más?). Ante la presión de las exigencias modernas tendré que buscar un trabajo, lo cual no me hace ninguna gracia: en mi primer visita industrial poco me faltó para salir corriendo de la planta; demasiado ruido, demasiado calor, demasiado olor, demasiada gente.
Cuando dirigí mis juveniles pasos hacia el estudio de una ingeniería mi mayor motivación era el deseo de conocer cómo funcionan y cómo se hacen las cosas. ¿Como rayos flota un barco si está hecho de acero? ¿Por que vuela un avión si no puede mover sus alas? Todas esas cuestiones que a nadie le interesan y que son tan naturales a todos me intrigaban de niño, todas esas cuestiones me encaminaron a lo que estudié. El grueso de mis compañeros de estudios tuvieron motivaciones distintas: “Estudio ingeniería para tener dinero y así tener muchas viejas”, así me contestó algún día un interpelado al que le faltaba algo más que dinero para cumplir sus anhelos.
Tengo la idea loca de que el modelo económico imperante en el mundo actual ha transformado radicalmente al hombre que se interesa en ciencia. La modernidad exige fabricación de productos en serie: Coca Cola, autos, computadoras, condones y un millón de cosas más. Ante esto el hombre de ciencia se especializa, se enfoca, se encierra y se vuelve un engrane más de la maquinaría de hacer dinero. Lejos han quedado los días de los hombres de ciencia multidisciplinarios. Conozco poco ingenieros capaces de tomar un libro y sentarse a leer por puro gusto. Lejos han quedado aquellos días en que lo hombres de ciencia de dedicaban realmente a eso, a la ciencia, y no a trabajar con tal de sostener la hipoteca, el crédito del banco, la mensualidad del coche o el departamento de la amante, todas esas cosas que ahora se ajustan a la definición moderna y occidental de “éxito”.
Mientras divago más sobre estas cosas no sé que voy a hacer con mi vida, a veces me pica el gusanito y me dan ganas de seguir los pasos de Dostoyevski y de Ibargüengoitia, abandonar la ingeniería y comenzar a escribir… aunque sinceramente no creo dar el ancho. Y usted que se animó a leer esto… ¿A que se dedica?