Evocando a Amelia

Ayer por la noche al regresar a casa decidí ponerme los auriculares para escuchar un poco de radio. Sintonicé una de esas típicas estaciones que repiten su programación cada dos horas durante el día, sin embargo, a esas alturas de la noche – 10:00 P.M. – había un programa dedicado a éxitos ochenteros y noventeros; después de fumarme dos o tres canciones sin ningún chiste fue cuando la escuché: una canción que me evocó a una persona, y a una situación que tuvo lugar hace mucho tiempo.

Conocí a Amelia en mi tercer año de preparatoria, allá por 1997; aquella escuela donde nos conocimos era mejor conocida como “La Playa” – “el que no va a tomar el sol, va a ver qué pesca” -, tal era el desenfado de los alumnos. Amelia era amiga de Denisse.

A Denisse la conocí un año antes, la afición por U2 y por algunos grupos más nos unió mucho, al mismo tiempo que mi facilidad para matemáticas y física le sentó muy bien: me acostumbré a resolver dos exámenes en el mismo tiempo que mis compañeros resolvían uno. Como forma de agradecimiento, Denisse me adoptó como a un hermano, o mejor dicho, como a un perro; nos sentábamos juntos en el salón y “matábamos” las mismas clases, también fumábamos el mismo “churro” que siempre llevaba, y cuya procedencia yo no conocía pero tampoco me importaba; juntos también íbamos a comprar el vino de consagrar que usan los “padrecitos” en misa, y lo metíamos a la escuela en botellas de Delaware Punch vacias, nunca lo suficiente para tornarse loco, pero si lo indispensable para estar mareado. También me presentó a sus amigas, todas ellas igual de locas y “descocadas”; sin embargo había una entre ellas que en principio no me agradó, que era distinta, no era difícil darse cuenta que aquella chica nos sacaba vuelta y media en cuanto a “madurez” y experiencia, o mejor dicho, mal vivencia. Ella era Amelia.

Amelia tenía un grupo de rock, tocaba medianamente bien la guitarra eléctrica y la batería. También era trasnochada. Yo en aquellos tiempos a duras penas le sacaba el permiso a mis padres para ir a aquellas “tardeadas” para niños-adolescentes que se hacían los domingos por la tarde, en algunas discotecas de la zona rosa de la Ciudad de México. También a duras penas me daban el “domingo” suficiente para comprar piñas coladas “sin” alcohol durante aquellas faenas, que terminaban a las ocho o nueve de la noche, ¡Que Loser! Amelia sin embargo era de esas chicas de 17 años que aparentan los 20, no faltaba quien le diera droga, alcohol, y la metiera a los “antros” de noche sin mostrar una identificación a cambio; cualquier día de la semana llegaba a clase con los ojos enrojecidos, el aliento alcohólico, y acarreando el sudor de más de una persona. También era muy alegre y dicharachera, pero aunque siempre andaba sonriente, ya sea de forma natural o inducida, sus ojos tenían siempre un destello de melancolía. Comencé a convivir con ella cuando comentó exactamente lo mismo de mí: fue un día, saliendo de la escuela, fuimos a un billar con varios amigos, se acercó y me dijo: “Me gustan tus ojos, brillan, pero son muy tristes”; casi escupí el buche de cerveza que tenía en la boca, “¿Tristes? ¿por qué dices eso?”, y por primera vez en un año de conocerla, comenzamos a conversar. Pocos meses después eramos ya grandes amigos, casi al grado de desplazar a Denisse como amistad prioritaria, y si, también cometí la estupidez de enamorarme de ella.

Amelia y yo andábamos siempre “del tingo al tango”, algunas veces después de clases íbamos a su casa a tomar cerveza; su cuarto era en realidad la antigua accesoria de un negocio, por lo cual al llegar lo primero que hacíamos era abrir la cortina metálica que daba a la calle y así refrescar el cuarto, acto seguido poníamos música en “casettes” mientras su madre llegaba con caguamas – si, lo juro por mi abuela que ya no existe, que su propia madre nos llevaba las cervezas -. Así transcurría la tarde entre berreos que simulaban ser cantos y platicas banales y pseudo filosóficas, al acompañamiento de “La Cuca”, “Fobia”, “Guns & Roses” y un largo etcétera que incluía aquel grupo y su canción que me hizo recordar y escribir todo esto.

Sucedió unos dos meses antes de salir de la preparatoria. Amelia andaba encantada pues acababa de conocer a un sujeto que cantaba “como Jim Morrison” – así decía ella -. Ferrer era el típico sujeto que cree que se come la lumbre a puños, cargaba siempre su guitarrita para todos lados, y tenía el mismo complejo de Enrique Bunbury de igualar al “Rey Lagarto”, y sí, en efecto, cantaba muy bien el desgraciado. Por supuesto, aquello no convenía a mis intereses. Un día de aquellos se organizó una fiesta de “despedida” en la casa de alguien que no recuerdo, todos teníamos que ir pues los días de preparatoriano estaban por terminar. Una semana antes hice gran labor de persuasión, le lavé el coco a Amelia convenciéndola de que Ferrer, el adonis musical, no le convenía; no recuerdo qué argumentos usé, pero ella acabó convencida de que merecía “algo mejor”, “alguien que la apoyara y la entendiera”. Así pues, la invité a la fiesta, después de la cual acordamos que nos iríamos juntos a su casa; ya tenía trazado mi plan de conquista: al llegar a la casa, le diría todo lo que sentía por ella.

Todo salio mal. En mi excitación, al llegar a la fiesta organicé enseguida una comisión “expedicionaria” que iría a traer cervezas y tequila. Dejé a Amelia en la fiesta y nos fuimos muchos sujetos en bola, cual jauría de perros, a traer el condimento de las fiestas. Se salio de control. Bebí demasiada cerveza y cuando ésta se terminó, yo y mis viciosos compinches continuamos destapando el tequila. Recuerdo haber tomado cuatro o cinco “caballitos” de tequila a la “hidalgo” – es decir, de un jalón -. Uno de los pocos recuerdos que conservo me ubican a mí tirándole pleito a otro sujeto que medía 20 cm más que yo; en mi embriaguez y estupidez ni siquiera recuerdo que fue lo que me incitó a buscarle pendencia, pues resulta que era uno de mis mejores amigos; como tal, aguantó todas mis groserías. Siguiente recuerdo: Amelia y yo, ella sentada en un área con pasto, yo tumbado panza arriba y con la cabeza sobre una de sus piernas, yo, pidiéndole perdón por haberla abandonado a media fiesta y además, diciendo todas las cosas que pensaba decirle cuando llegáramos a casa, ella, acariciando mi cabeza y mi pelo y diciendo que “todo estará bien”, pidiéndome que duerma y no diga nada más. Siguiente recuerdo: abro abruptamente los ojos y estoy en mi casa, en mi cuarto, con el sol manifestando que está amaneciendo. Poco después supe que Amelia llamó a mi casa para informar que yo estaba “muy mal”; mi hermano, malhumorado, fue hasta la fiesta y me llevó, en calidad de bulto, hasta mi casa.

Intenté comunicarme con Amelia durante el fin de semana, pero su madre me dijo que había salido a casa de su hermana. Al lunes siguiente ubiqué al amigo que imprequé en la fiesta, con una sonrisa en los labios sólo atinó a decirme: “estabas muy mal viejo, no hay bronca”, entre risotadas y chanzas me comentó todas las idioteces que hice en casa ajena. Poco después la vi a ella, le pedí una disculpa por mis estupideces,  pero se comportó de manera muy fría, apenas platicamos de lo sucedido, y nada sobre lo que le dije que  sentía por ella. Poco a poco fue alejándose, después ya ni siquiera conversamos. Metí la pata, y muy mal. Casi una o dos semanas antes de salir definitivamente de la escuela la vi con Ferrer, tirados, besándose, en los campos traseros de fútbol,  en donde se anotaban muchos tipos de goles aparte de los propios del soccer. No hice nunca nada más por volver a hablar con ella.

Hace seis o siete meses la vi tocando en un bar, ha cambiado el rock por la trova, y su mirada sigue siendo melancólica. No me reconoció, o no quiso hacerlo, pues ubicó perfectamente a los dos amigos que estaban sentados a mi lado y les dedicó una canción. Sigue siendo hermosa pero ya no tiene el rostro jovial que tenía hace 11 años, es madre soltera y me han dicho que su hija, al igual que su madre, es un ángel. Adiós Amelia, siempre te recordaré.

Visitante, si has tenido la paciencia de leer todo esto hasta llegar aquí, te lo diré, esta es la canción:

Comentarios en: "Evocando a Amelia" (2)

  1. La neta, que creo que no es una historia única, este tipo de situación también me ocurrió, nadamás que yo te estoy hablando de alrededor del 88 u 89, también con una niña preciosa de nombre Patricia, que eran los ojos mas bonitos que había yo visto hasta ese momento, no sabes cuanto soñé poder expresarle lo que sentía y cuanto me gustaba, pero la aceleración de la juventud me ganó y SIIII también metí la pata y nunca se volvió a presentar la oportunidad que tanto había esperado.
    Ni modo hermano, las cosas son así y se da uno cuenta, ya es demasiado tarde.
    Pero eso si mi hermano, vivimos como quisimos.
    Saludos y te felicito, conforme iba leyendo, recordaba como se asemeja esto a lo que me aconteció a mi.

  2. izcoatl dijo:

    @Prime: gracias por tus comentarios camarada. De cosas por el estilo está plagada la vida; esta es sólo una de tantas cosas que me han acontecido, buenas y malas, y por ello bien vale la pena vivir. Saludos.

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