Tengo sobrepeso. ¿Qué tiene que ver eso con un tambor? Sigue leyendo por favor.

Hace diez años practicaba corrientemente el futbol y el basquetbol. Hoy tengo unos 8 o 10 kilos de más, y sí no me cuido serán más. Hace unos cuatro años aproximadamente tomé un poco de conciencia del problema, y por un tiempo aproximado de 6 meses corrí de manera constante y efectiva, logré mi peso ideal y después lo abandoné, obviamente volví a ganar peso. Ahora estoy intentando tomar el paso nuevamente, pero el peso excesivo no me deja despegar del todo pues fastidio demasiado las rodillas y algunos músculos. Además mis actividades sedentarias también me están matando.

El otro día subió al metro un percusionista de esos que jalan para todos lados con un tambor africano. Arremetió contra los oídos de todos los presentes sin llegar a ser molesto. En principio “agasajó” a los pasajeros con una interpretación ruda, cruda y estridente, después concluyó con un ligero tamborileo sonoro y rítmico, dulce, calmadito; alternó este tamborileo con algunas reflexiones y pensamientos de esos que sólo cautivan a los lerdos, pero al final dijo algo que ganó mi atención. Él dijo lo siguiente: “…recuerden que todos tenemos un tambor en esta vida… hagan sonar ese tambor… no dejen que pase por la vida en silencio… no dejen que se pudra entre sus manos sin haberlo tocado nunca… ese tambor se llama corazón”. ¡Maldita sea! ¡Es cierto! Quizá sólo sea filosofía para lerdos – y en ese caso me proclamo como tal – pero qué mejor analogía que comparar al corazón con un tambor. Los últimos 10 años de mi vida me los he pasado tumbado o sentado, amarrado a una pantalla o a unos libros, y no he vuelto a sacar mi viejo tambor a retumbar.

Sólo el que ha practicado un poco la carrera sabe que esta comparación es cierta. Esa sensación de ahogo y desahogo que sobreviene – simultáneamente – al acelerar y al finalizar una buena carrera, no tiene gozo igual; tal vez sea la cantidad extrema de endorfinas que se liberan al terminar de correr, o tal vez sea que realmente el tambor ha sonado dejando un eco resonando en tu interior, la realidad es que uno permanece feliz por el resto del día. El corazón termina como locomotora reventada y los pulmones se expanden a capacidad máxima en busca de la menor traza de aire, nunca bajo otra circunstancia me he sentido más presente en este mundo, más ligado a mi cuerpo, más vivo. Correr es casi contrario al discurrir de la vida, comienzas lento, como cuando sé es viejo y se camina paso a pasito para no encontrar la muerte, y se termina rápido, como cuando sé es niño y no alcanza el tiempo para descubrir el mundo, en el proceso, no podrían existir mayores beneficios para la vida misma.

Creo en el corredor solitario. En un principio, acostumbrado a la colectividad de mis deportes anteriores, jalé con cuanto cristiano cruzó por mi camino: amigos, novia, primos y hermanos. Al final todos terminaron dejándome sólo, únicamente mis hermanos continuaron corriendo, de hecho fui yo quien los abandonó. Ahora que lo he retomado no corro con nadie, todos jalamos por un lado propio aunque vayamos al mismo parque a correr. Estoy convencido de que para esto – la carrera – no existe mejor acompañante ni mejor rival que uno mismo y sus desidias. Ahora estos son mis únicos acompañantes:

Ahora si… ¿qué tal suena tu tambor?

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