Izpapalotl (I)

Después de concretar mi mayor transformación, busqué el hoyo más negro y profundo – mi propia alma -, y me refugié en él. Tiempo después conocí a Izpapalotl, la “mariposa de obsidiana”, quien ha sido la mayor víctima de la cerrazón de Izcoatl al mundo.

Izpapalotl apareció un día cualquiera en mi vida hace 4 años. Compañera de colegio y de grupo de trabajo, aficionada también a los mismos vicios – pernoctar en compañía de cerveza, platica y música -, fue sólo cuestión de tiempo para que congeniáramos más allá de los vicios que nos unieron. En sus propias palabras, lo que más le llamó la atención sobre mi fue la falta de iniciativa que yo mostraba para entablar relación de cercanía con ella; acostumbrada a tener uno o dos perros lamebotas atrás, le extrañó que yo no mostrase el más mínimo interés en platicar con ella, en invitarla a comer o en acompañarla a casa después del colegio; supongo que eso hiere el amor propio de la mujer que está acostumbrada a las atenciones zalameras.

¡Pobre idiota! – era lo que pensaba de mi en un principio -, pero después se percató de que mi falta de interés no era precisamente una disfunción social, pues se daba cuenta clara de que yo mantenía relaciones bastante cordiales con sus propias amigas y conocidas. Eso la hirió aún más.

En cierta ocasión, al salir de una clase me topé de frente con mi amigo Perengano, quien estaba platicando con Izpapalotl.

¿Y a mi amigo no lo invitas? – exclamó el maldito Caín antes de que yo pudiera siquiera saludar.

Bueno… pues si él quiere… – dijo Izpapalotl tomada por sorpresa tanto como yo.

¡Claro que quiere! – interpeló otra vez el infeliz – ¿verdad tú? ¿Que si queremos ir a su fiesta?

¿Cuál fiesta? – balbuceé.

Su fiesta de cumpleaños – volvió a terciar Perengano.

Presionada ante esto, Izpapalotl hizo extensiva para mi la invitación. Tuve que darle un forzado abrazo de cumpleaños y me despedí de ella quedando muy formal de asistir a su reunión. Me retiré con la determinación de no ir. Después me confesó que se retiró también con el deseo de que yo no asistiera a su reunión – ¿Pues quién quiere un antisocial en su fiesta? -.

Por la tarde me encontré con dos amigos que tenía tiempo sin ver. Fuimos a celebrar el encuentro a las Pumapizzas, donde venden mayoritariamente cerveza, pero no pizzas. Pasamos toda la tarde platicando anécdotas viejas y abrevando cerveza, pero hacia las diez de la noche me abandonaron sin hacer segunda en mi intensión de prolongar la libación. Ante esto recordé la fiesta de Izpapalotl y llamé por teléfono a Perengano para pedir la dirección. Para sorpresa mía la ubicación de la reunión no estaba a más de 5 minutos de Ciudad Universitaria. Llegué caminando y con una botella de tequila bajo el brazo.

Al llamar al interfono y hablar con ella, no ocultó su extrañeza. Aún así me dejó entrar, volví a darle un abrazo forzado de felicitaciones y le entregué la botella de tequila. Acto seguido me presentó con sus amigos y me abandonó a mi suerte entre ellos. La verdad la pasé muy bien. Estuve conversando con una danesa con la cual la platica no progresó mucho debido a dos cosas: su pésimo dominio del español, y mis irritantes balbuceos provocados por el nerviosismo de estar ante semejante mujer: ¡era bella a rabiar! Afortunadamente – supongo que ella también lo agradeció -, alguien llegó a interrumpir la platica y pude entablar conversación con otros amigos suyos, todo muy cordiales. Había una norteamericana que apestaba fuertemente a marihuana; su novio, un australiano que también apestaba a lo mismo y andaba descalzo por todo el departamento – muy pequeño -; algunos gringos más, una chica paraguaya, un español, y todos los demás eramos raza mexicana cien por cien.

Perengano llegó cerca de la media noche. El jaleo estuvo muy bueno. Entre música bailable y rock transcurrió toda la noche. Algunas gringas admiraban absortas a Perengano y su habilidad latina para bailar; él incluso invitó a bailar a algunas pero después me confesó que desistió de su esfuerzo pues “era como bailar con escobas”. Yo también bailé un rato, pero mejor destapé el tequila que le regalé a Izpapalotl y me lo terminé, platicando con una amiga suya de nariz operada. En algún momento de la madrugada el pequeño departamento llegó a albergar cerca de 50 almas – según mis cálculos -. Tiempo después Izpapalotl me confesó que no conocía ni a la mitad de toda la gente ahí reunida. Hacia las cinco de la madrugada, cuando la chica de nariz operada se fue, busqué a Perengano. Lo hallé en la cocina platicando con el español, dirigiéndose a él con un fuerte acento  ibérico de lo borracho que estaba – ¡Oye tú! ¡Majo! -. Lo saqué casi a punta de sopapos de la casa y nos fuimos haciendo viboritas hasta la base de taxis. Todavía pasamos a comer tacos – no recuerdo en dónde – y nos fuimos a su casa a reposar las inflamadas barrigas.

¿Izpapalotl? Pues ni ella ni yo nos acercamos mucho durante esa noche. Sólo una vez la invité a bailar, después de lo cual mejor estuve bailando con su hermana.

Continuará…

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Comentarios en: "Izpapalotl (I)" (3)

  1. HOLA
    vengo de rapidito por k me voy a la meme,mañana a pararme temprano para trabajar…
    asi k el gran Izcoatl cambia hasta de piel?…bueno, me imagino k ya te tocaba..a veces las cosas no salen como uno kiere: una palabra,un pensamiento, una cita…una fiesta… k se yo…pero ya es box populi k los cambios son para nuetro bien etc, y las cositas vividas nos sirven para futuras decisiones.Uste no se awite,chinguele. o como dijo el rockstar: vivelo,toca fondo y a lo k sigue, k pa algo estas aki.
    Por mi parte siguen los cambios,aun me opongo a k sucedan y estoy renegando de ellos…pero cada dia siento k duelen menos…

    y a kien chirimbas le importa???!!!

    te mando abrazos.

    chupa.

    “soy,hago,aprendo”

    F.C.A – C.U
    ..

  2. Je, je, je… Cuando las cosas se ponen así de personales en un blogsito, no puedo evitar ruborizarme, pues me siento un poco metiche al leerlas…

    Pero tu escritura me ha cautivado. Por fis, por fis, cuando tengas oportunidad, segunda parte.

    Un saludito.

  3. @Levania: siempre se renegará de los cambios pues tenemos siempre un cierto miedo del futuro, quien no lo tiene es porque tiene atole en la venas o es muy ignorante. No te preocupes, ya dejará de doler, y a mi me importa.

    @Aisling: nunca te ruborices, todos tenemos una historia – o varias -; gracias por el comentario. Si cuento con un poco de tiempo seguiré al pie de la letra la serie del Sushi. Saludos.

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