Yendo al cine solo: U2 3D

Ayer hice honor al tag de estas entradas y me fui solo al cine. ¿Muy friki no creen?

Llegué al Plaza Universidad unas dos horas antes de la función a comprar mi boleto. Resultó que había alfombra roja por algún estreno relacionado con “Mujeres Asesinas” o algo del estilo, alguna producción de Telerisa o TV Azteca; gran cantidad de gente se arremolinaba y estiraba el pescuezo para ver a las luminarias pasar y posar ante un montón de cámaras y flashes. Como no soy dado a la farándula hice caso omiso del acto y pasé a comprar mi boleto no sin dar unos cuantos codazos discretos para hacerme camino entre los mirones.

Después de comprar mi boleto bajé a Mixup, donde – ante lo corto de mi economía – siempre me gusta pasearme durante horas consumido por la indecisión de comprar unos discos u otros. Después, media hora antes de la función, fui a la comida rápida y me comí un baguette completo de carne con queso y con pan de ajo, caliente por supuesto, me desquicia la comida fría. Tras dejar mi mochilita en paquetería me dirigí a la sala donde un empleado me dio las gafas de 3D y me introduje a la sala. El sandwich de helado que compré no llegó al final de los comerciales, casi diez o quince minutos. Además de cobrar por el derecho de entrar a la proyección de la película, además de inflar descaradamente los precios de golosinas, palomitas y refrescos, encima te estampan en la cara una cantidad infame de publicidad, desquiciante en verdad.

¿La película? Poco tengo que comentar; es imprescindible si es que eres fan como yo, y si no lo eres resulta muy buena como curiosidad, porque es una de las primeras cintas en ser grabada, editada y mostrada enteramente en 3D. Como tiene tiempo que pasó el estreno, la sala estaba casi vacía y  descubrí a muchos que al igual que yo, fueron a verla completamente solos.

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Sin embargo, dudo mucho que exista alguien en el mundo que sea tan realmente friki como para ir a un concierto… solo. Yo lo hice. Fui a ver a U2 durante la gira Vertigo que tocó tierras mexicanas en 2006.

En aquellos días, meses antes de los conciertos, durante la preventa de boletos, me encontraba estudiando la maestría y pese a mis esfuerzos por conseguir boletos no lo logré, así que dí por perdido el concierto. En ese entonces andaba con la novia esotérica de la que ya platiqué en algún otro post, y como U2 no era de su entera predilección, no insistí mucho por el asunto, pues fuera de ella nadie estaba dispuesto a hacerme segunda. Sin embargo ahí quedaba la espinita clavada por querer ver a  U2; espinita clavada desde aquella discreta visita de U2 a México en el 92, cuando mi corta edad y la miseria de mi familia no me permitían siquiera pensar en cine, menos en conciertos; los boletos duraron a la venta días, y unos primos de mayor solvencia adquirieron los suyos y fueron, yo como el chinito, me quedé mirando; sin embargo el desquite llegó en el 93 cuando mi hermano y yo pudimos hacernos de unos boletos para el mítico primer concierto de Paul McCartney en México, simplemente inolvidable. La espinita por U2 se reavivó después en la visita que realizaron en el 97; aquella vez la triste realidad de mi adolescencia sin dinero también se hizo presente. En esta nueva ocasión – 2006 – contaba con dinero y estaba dispuesto a cambiar mi jodido destino de siempre, pero no contaba con la avidez de la fanaticada mexicana que creció como la espuma en los últimos años y que agotó el boletaje en escasas dos horas.

Andaba pues alicaído pero resignado ante mi suerte, cuando la mañana del jueves 16 de febrero de 2006 – día del segundo concierto -, mientras desayunaba, alguien se me acercó y me preguntó, al mismo tiempo que dejaba un sobrecito sobre la mesa: ¿Quieres esto?

Miré extrañado el sobre y lo abrí para inspeccionar su contenido. Mi ojos se quedaron atónitos y mi corazón dio un vuelco cuando vi que era un boleto para el concierto de esa noche en la sillería general. El boleto era de los de menor denominación – $300 – y le había sobrado a un conocido que compró varios para él y sus amigos, ante ello, se lo dio a mi hermana, quien sin mayor empacho me lo dio a mi.

Sin embargo, la idea de ir solo a un concierto no era muy de mi agrado. Así que tomé el boleto, me fui a la escuela y resolví ir a revenderlo por la tarde en las inmediaciones del Estadio Azteca. Afortunadamente ese día mi mentada novia no fue; durante el día realicé mis labores cotidianas y aproximadamente a las 6 de la tarde tomé un taxi que me llevó al Azteca en menos de 15 minutos. Anduve merodeando por ahí unos cuantos minutos en busca de alguna victima, pero el ambiente festivo era tan grande y atrayente, y el rostro de los asistentes tan lleno de franca satisfacción que me sentí atraído por la idea de entrar al concierto. Sin pensarlo mucho me uní al río de gente que ingresaba al inmueble en medio de cantos, risotadas y caras sonrientes, y adentro, solo pero junto a otros cuantos miles de almas, esperé el inicio del concierto.

Cerca de las diez de la noche, y después de tolerar a una banda abridora cuyo nombre no recuerdo, salieron esos grandes ídolos irlandeses que arrastro desde la infancia, por allá de 1988, cuando escuchaba mis casettes, y los rebobinaba una y otra vez con boligrafo para escuchar With or Without You en mi viejo tocacintas. En aquellos tiempos no existía el internet, conseguir y traducir letras era labor de autentico fanático; era preciso conseguir Guitarra Fácil, Toca Todo Rock y hasta el Notitas Musicales para que, palabra por palabra, junto a un grueso diccionario bilingüe, desentrañaras la misteriosa letra de una simple canción de amor o un homenaje a Luther King.

Me tocó estar en gayola, hasta atrás, con los más desafortunados; de cruzar las últimas tres líneas de asientos que me separaban del final del graderio, y brincar la barda, hubiese caído fuera del estadio. Sin embargo el lugar poco me importó y tampoco a la gente que me rodeaba. A mi izquierda había una señora que llevaba a sus dos hijos adolescentes, de unos 13 o 14 años, y que conocían todas las letras de las canciones. Atrás de mi estaba una bolita de treintañeros que no paraban de cantar y palmotear como niños; enfrente había un grupo similar, pero de veinteañeros; y a mi derecha estaba una parejita, él, con un rostro muy adusto y bastante indiferente a lo aconteciera con el concierto, ella, con rostro jovial pero medio confundido, sólo atinaba a washawashear las canciones más populares del grupo. De cualquier forma el concierto fue una auténtica fiesta, ya fueras un viejo fanático o un reciente seguidor, las expectativas de todos fueron satisfechas y al final todo mundo – incluido yo – salió con una enorme sonrisa de oreja a oreja.

Ahora si puedo morir en paz.

Comentarios en: "Yendo al cine solo: U2 3D" (2)

  1. …Ypor k no me dijisteeee..

    …y por k no me llevasteeee…

    …y por k ya no has ido a vermeee

    yuuuu yuuuu..eso no es chupaaaa..yuuuu

  2. @Levania: hummm… no fui solo al cine por falta de acompañante, de hecho había alguien interesado en acompañarme, pero ella tiene pretensiones más allá de la amistad y eso por el momento no me interesa. Fui solo para emular la soledad presente en aquél concierto de hace dos años. Una comunión – por así decirlo – entre mis fanatismos y yo.

    He pasado seguido por tu blog, pero no he dejado constancia de ello comentando, una disculpa por eso. No he comentado pues algunas veces tus post son un poco obscuros, vagos y personales, o no alcanzo a discernir del todo sobre qué van, y por lo tanto no sé qué comentar. Saluditos y gracias por seguir visitando.

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