Purificación

Acaba la semana con un frío de perros, y el comienzo de un nuevo septeto de días se vislumbra igual de gélido. Me gusta este ambiente, esta condición climatológica que nos hace tiritar pero que también nos orilla a acercarnos mutuamente a los seres queridos. El día sábado amanecí en Texcoco, en el pueblo de La Purificación para ser específico, llevándome a la panza una buena dotación de barbacoa. Si usted, estimado lector, quiere disfrutar de una excelente barbacoa en un entorno realmente  rústico, relativamente cerca de la Ciudad de México, El Pica debe ser su destino. Los citadinos consumados no deben esperar mucho del lugar, pero precisamente en su rusticidad reside su magia.

El centro del pueblo no queda lejos del afamado restaurante al aire libre; tranquilo y pintoresco, posee no poca historia. Apto para almas taciturnas, aquellos que busquen demasiada aventura no encontraran atractivo el lugar, no hay mucho que ver pero si mucho que reflexionar, como lo fugaz que puede ser nuestra estadía en este mundo.

Hoy domingo regresando de una caminata, sintiendo el aire rebanar con frío mi rostro y mis manos, no pude evitar remontarme hasta hace unos años, entre mis 18 y 23 años, durante los cuales trabajé en fin de semana como simple cargador, para sostener los gastos de la escuela entre semana. No me puedo quejar, aquellos contados pesos alcanzaban para pasajes, copias y – bien administrados – hasta para las cheves; pero ganar aquellos pesos era un hueso duro de roer en esta época del año.

Trabajé en una alquiladora de lonas, mesas y sillas, y con un clima como éste, cargar esos pesados tubos, sillas, mesas, trepar paredes y jalar lazos no eran un mimo; y menos cuando la jornada podía durar hasta ya bien entrada la noche; recuerdo noches lluviosas y frías en las que llegaba ya de madrugada a casa con los pies mojados y las botas repletas de barro; mi madre al otro día maldecía mi empleo de ocasión al ver como quedaban mi pantalón de mezclilla y mi camisola. La   máxima experiencia anti higiénica en este trabajo la viví cuando una noche caí, al caminar sobre una barda, sobre un chiquero con sendos marranos que chillaron estrambóticamente al sentirme caer sobre ellos; ignorando el dolor del costalazo y la asquerosa  materia que cubría el piso del corral, y a sabiendas de lo peligroso que es un animal de estos cuando está enfurecido, salí del chiquero poniendo pies en polvorosa.

La desgracia de unos es el regocijo de otros, y mis compañeros de andanzas nunca olvidaron lo hilarante que fue la situación – para ellos -. Curiosamente, los compañeros de trabajos más cordiales los encontré en ese ambiente, lejos de presunciones triviales y mundanas.

Toda reflexión es una purificación del alma, hasta aquí termina mi reflexión escrita, y continuo por mi lado con mis reflexiones internas.

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